jueves, 7 de agosto de 2014

Casa de Samuel. Cuarén

Seguimos contentos el viaje y enseguida, en total como a una hora de Tegus, entramos ya por caminos de tierra.
Saltos, curvas, subidas y bajadas y en dos horas y media o así llegamos a Curaren (con acento en la e, que aquí no puedo ponerlos).
Durante el camino eran bosques casi continuos con manchas de maíz.
El año es de sequia extrema y el maíz estaba seco en muchos sitios. Incluso la hierba estaba seca y las vacas empiezan a estar famélicas.
El año pasado la cosecha de maíz no fue tampoco buena, y hay gente que acapara para luego vender más caro.
Sin contar con la nula cosecha de este año, ya no tienen muchos de ellos para comer y no saben que pasara luego.
De los frijoles tres cuartos de lo mismo.
Y digo maíz y frijoles porque es lo único que comen.

En el bosque se veían algunas casitas con tejados amplios y alargados en porches bajos. Había rincones que parecían asturianos o gallegos.
En algunas casas junto al camino se veían niños desnudos.
Y en medio de todo, un partido d futbol que parecía de la liga oficial con un montón de gente viéndolo, algunos subidos a los arboles de alrededor.
Piensas que de donde saldrá tanta gente porque no has visto tantas casas, y es que estas están en su mayoría ocultas en los bosques y se accede a ellas por veredas escondidas que ellos conocen.

En Curarén paramos y alguien se acercó a nuestro coche y siempre le daban un puñado de barritas de chocolate.
Se trataba de ver a alguien, un populorum, allí, pero al final no pudieron quedar con él y decidimos comprarle algo a la madre de Samuel. Le compramos un saco de 100 libras de arroz que, nos dijo Samuel, le durará más de dos meses y medio.
Ya solo nos quedaba una hora y media. Y rezábamos para que no lloviera, porque estábamos seguros de no poder pasar por aquellos caminos si estuvieran embarrados.
A medida que avanzábamos la tierra se hacía más húmeda, más verde y más espesa, incluso el maíz que se veía no estaba seco, aunque, luego nos enteramos, no tenia mazorca porque no había llovido a tiempo.

Durante el recorrido mucha gente que iba andando por el camino se subía a la paila y luego con golpes en la cabina indicaban donde querían bajarse.
Siempre al bajarse se acercaban a Joaquín, que conducía, lo saludaban y le daban las gracias.
Son campesinos, siempre con su machete en la mano, pero muy amables y también muy creyentes, no solo católicos, porque aquí los protestantes y los testigos de Jehová también aumentan mucho.

Por eso se distingue siempre en los coches que son de la iglesia católica.

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